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(Publicado en el Almanaque del Banco de Seguros del Estado, 2010, ps. 82 y 83 (dentro del "Tema anual: Paisaje Sonoro") escrito por Rubén Olivera -Músico, Profesor, Fundador del Taller Uruguayo de Música Popular y trabajador de Discos Ayuí, Ensayista.) http://www.bse.com.uy/almanaque/Almanaque%202010/ Una de las conjunciones más felices en la historia de la música uruguaya se dio en el departamento de Treinta y Tres a comienzo de los años sesenta, cuando Rubén Lena (1925-1995), Víctor Lima (1921-1969), Braulio López y José Luis “Pepe” Guerra entrelazaron su labor. Por supuesto que el terreno de cultivo de esta contundente combinación es más complejo. Esto se ve en la cantidad de artistas de todos los rubros que existían en el departamento, incluyendo la anónima escuela de los guitarreros locales. Para los estudiosos de la pedagogía musical debe dar mucho que pensar el hecho de que Rubén Lena, reconocido como uno de los compositores más importantes del continente, no hubiera pasado la prueba de ningún conservatorio, si de cantar o tocar la guitarra se tratase. Y también es un “enigma” –al decir de Lena- la personalidad de un Víctor Lima que llega a Treinta y Tres desde su Salto natal a dar conferencias sobre poesía española y empieza a quedarse mientras canta en las escuelas a capella y se visita y se visita con Lena. Lena observa la dedicación de Lima para trabajar sus textos y admira la poética de sus zambas “uruguayizadas” y de sus milongas. Y seguramente también admira sus novedosas búsquedas con el candombe, su intención de componer canciones para que los niños cantasen en las escuelas o sus polcas de humor pueblerino.
Más jóvenes que ellos, desde la “vuelta de la esquina” se suman Los Olimareños, que serán sus traductores musicales, forjadores de su propio perfil musical y creadores ellos mismos de excelentes canciones. Las guitarras, precisas, tocan milonga “meta pulgar”, lo que les da una sonoridad absolutamente uruguaya que lleva a decir al maestro Atilio Rapat, cuando el dúo le pide consejo: “Muchachos, eso del pulgar es sólo suyo, no lo cambien, porque es de tierra adentro”. Los punteos son exactos, fáciles de tocar para un guitarrista “medio” pero siempre con carácter. Los Olimareños son el gran crisol de la música popular uruguaya. Aunque criticados al comienzo por alejarse de lo “folclórico”, incorporan el candombe, la murga, el tango, además de los géneros folclorísticos rurales y algunos ritmos latinoamericanos. Son ellos quienes por primera vez graban candombe en guitarra, ritmo que van perfeccionando hasta lograr una manera “socialmente útil” de rasguearlo –ya que la mayoría de los guitarristas la adopta. En 1970, en dos canciones de su disco Cielo del 69 –“Al Paco Bilbao”, de Lena, y “A mi gente” de José Carbajal- por primera vez una batería de murga suena en la música uruguaya fuera de Carnaval. Un año después darán un nuevo paso con el vanguardista disco temático Todos detrás de Momo –letras de Lena, músicas de Lena y Olimareños. Mención aparte merece la “serranera” impulsada por Lena, quizá la única especie que nuestra historia registra con un creador concreto. El prestigio de Lena hace que los músicos la adopten y reproduzcan, dándole permanencia. Como si esto fuera poco, Los Olimareños, a través de contactos personales y opciones musicales, incorporan al repertorio uruguayo canciones de otras regiones, especialmente venezolanas. En lo local, amplifican la difusión del repertorio de colegas, haciendo versiones “modelo” de temas de Alan Gómez, Marcos Velásquez, Pancho Viera, José Carbajal, Aníbal Sampayo, Héctor Numa Moraes, entre otros. Y están las voces. La forma de cantar de Braulio López ha sido imitada por cantores de todo el país. La “voz del Pepe Guerra” es mencionada hasta en letras de canciones (“Que el letrista no se olvide”, de Jaime Roos). La “química” producida al ensamblarse ha creado una de las sonoridades más identificables de la historia uruguaya. Sorprende la precisión de las entradas, así como la capacidad para, juntas, expresar lo dramático, lo alegre, lo pícaro. La riqueza de las “segundas voces” que Pepe le hace a la voz de la melodía, llevada generalmente por Braulio, darían para una tesis universitaria. Con sus guitarras y voces mueven el corazón y la cabeza, y las piernas. Y se podrían sumar innumerables pequeñas e importantes cosas, como el Uruguay cambiando expresiones como el “adentro” de las zambas por el “¡ah Tololo!” de tantos temas. Y como nada fue casualidad, daría para un libro de “arte poética” lo que Rubén Lena fue manifestando sobre su creación en escritos y entrevistas. Dicen que a veces se alinean los planetas; parece que en Treinta y Tres se alinearon los artistas. (La negrita nos pertenece) |